Pequeños Instantes [Cuento]
Pequeños Instantes
Escrito por Alan Vargas. 13 de Julio 2011
Una luz brillante en el cielo, seguida por el sonido lejano de un trueno, anunciaba que la primer tormenta en varios años estaba por llegar. Un viejo granjero de 63 años, mostraba poco a poco una sonrisa de oreja a oreja que ni siquiera sus facciones cansadas y sus notables arrugas podían disimular. Durante toda su vida había trabajado su tierra, ahora árida y en lenta agonía, pero que un día fue un paraíso terrenal llena de todo tipo de árboles frutales, animales y plantas diversas, pero que las constantes sequías habían minimizado a unos cuantos sembradíos y algunos árboles, que por poco que fueran, le brindaban día con día su sustento.
La granja del viejo era grande y estaba alejada de la ciudad. Cada mes pasaba la pipa que abastecía de agua a los poblados cercanos a la ciudad y aprovechaba que su granja quedaba de paso para poder abastecerse él también, aunque no siempre era suficiente para cubrir todo el mes.
Con el tiempo los días se hicieron mas largos y calurosos y las noches cortas y templadas, ideales para trabajar la tierra y cosechar, por lo cual, el viejo granjero realizaba sus arduos labores a la luz de la luna y las mañanas de insoportable calor las aprovechaba para dormir y descansar.
Por mas de diez años clamó por un poco de lluvia que le ayudara con sus pequeñas cosechas y por fin su espera parecía estar llegando a su fin.
Preparó todos sus instrumentos de trabajo como cada noche, pero con una dedicación mas especial, como si de un ritual se tratara. La felicidad de volver a sentir la lluvia sobre su cara inundaba poco a poco todo su ser, mientras mas destellos en el cielo se dejaban ver, acompañados de ruidos estruendosos que poco a poco se escuchaban mas cerca. Empezó con su rutina, alimentando primero a los pocos animales que le quedaban: tres perros, un par de vacas, un caballo, algunas gallinas y a lo lejos cuatro cerdos. Mantenía la sonrisa de felicidad por saber que en cualquier momento caería la primer gota del cielo. Después de alimentar a los animales se percató que el manzano ya estaba empezando a dar frutos, aún ante la adversidad. Esto alegró mas al viejo, que sin pensarlo dos veces encendió un pequeño y oxidado radio en el que le gustaba sintonizar una estación donde pasaban la música que escuchaba cuando era joven. Esa noche todo parecía perfecto, ya que sonaba una de sus canciones favoritas.
El granjero se disponía a seguir con su trabajo, cuando un fuerte ruido interfirió con la transmisión de la radio. El ruido era similar a los truenos que cada vez se hacía mas frecuentes, pero tenía algo diferente: desprendía un eco de destrucción y dolor que era imposible confundir. A lo lejos, en el horizonte, se veían las luces de la ciudad moderna, con su tecnología avanzada, sus crisis económicas y, sobre todo, con sus problemas socio-políticos. El viejo granjero no solía mirar hacia ese horizonte lleno de apatía, hipocresía y decadencia, pero aquél fuerte ruido lo hizo voltear la mirada hacia allá, solamente para vislumbrar un cielo teñido de un rojo cenizo armonizado con destellos de luces fugaces que cruzaban el firmamento hacia todas direcciones.
El viejo no creía que sus cansados huesos sentirían de nuevo el retumbar de bombas y cañones alimentados por la inagotable estupidez humana.
Siguió con su trabajo. No le importó que a unos kilómetros se estuviera librando una nueva guerra. Desde muchos años atrás decidió vivir por y para él, tenía tiempo que había dejado de tener fe en lo divino y para empezar a tener fe en si mismo, y, si el final de su vida estaba acercándose, no pensaba esconderse y llorar por lo que no hizo, al contrario, seguía con la mirada levantada y haciendo lo que mas le gustaba.
Las avionetas empezaron a sobrevolar la granja del viejo con rumbo a la gran ciudad, mientras éste limpiaba el sudor de su frente y seguía sembrando nuevas semillas en sus tierras. Los animales empezaban a alterarse y el granjero decidió soltarlos. Su cielo se tornaba gris y la luna se dejó de ver, la única iluminación que tenía era un pequeño quinqué y, en ratos, los rayos alumbraban su granja, mientras la radio volvía a sintonizarse en aquellas melodías que tanto le gustaban. A lo lejos, en la ciudad, el cielo seguía siendo de color rojo cenizo y el fondo musical que se escuchaba eran los gritos de desesperanza entonándose al compás de las ametralladoras y granadas que, a la vez, dejaban ver sus destellos en el cielo para darle mas vida al cielo escarlata, monótono y aburrido.
Levantando la mirada, el viejo seguía esperando con ansias la llegada de la primer tormenta que desde hace años anhelaba, a la vez que veía como mas avionetas y aviones militares surcaban los cielos dejando a su paso un zumbido penetrante que indicaba que nada iba bien. Pronto, el viejo granjero dejó de diferenciar los truenos de las explosiones bélicas y el cielo se empezó a tornar mas caótico. En el camino se escuchaban chirridos metálicos y el marchar de las tropas con su paso firme y decidido a arrasar con todo lo que se les cruzara enfrente. En poco tiempo, el convoy pasaba enfrente de la precaria granja, pero el viejo seguía su trabajo sin notar la presencia de los sanguinarios uniformados que, conforme se acercaban, empezaron a notar la presencia de la figura senil e indiferente en los sembradíos.
Una fría y estruendosa detonación se hizo presente a la par del rugir del tormentoso cielo. El viejo granjero se estremeció y cayó arrodillado, levantó la cabeza y fijo la vista, que poco a poco se le empezaba a nublar, en una gota de lluvia. El tiempo se detuvo en ese instante y el recorrido de la gota de la primer tormenta en años, se prolongó ante la mirada del viejo que había olvidado su dolor, pudo recordar toda su vida y sabía que no había vivido en vano, ni en sus últimos instantes bajó la cabeza ante el miedo, ni pidió perdón por sus actos, al contrario, dio gracias por su existencia mientras la gota de lluvia tocaba su frente y navegaba entre sus facciones cansadas y sus notables arrugas, que de nueva cuenta no podían disimular la sonrisa con la que el viejo granjero cerró los ojos.
Había alcanzado un estado de extrema pureza y verdadera paz, su esencia había trascendido y su tranquilidad se había desprendido de su cuerpo terrenal. Más allá de la vida y la muerte, más allá del bien y del mal, el viejo granjero experimentó la libertad y felicidad plena en ese pequeño instante que lo inmortalizó.
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